Junio 29 de 2019

La paulatina y paciente conversión del Centro de Medellín en un territorio amable, es decir, menos afectado por emisiones de gases, por la falta de zonas verdes, por la estrechez de los corredores peatonales e incluso por la escasez de lugares de recreación pasiva y activa, empieza a mostrar resultados y reconocimientos de la ciudadanía y organismos internacionales.

Los recientes premios a los proyectos Corredores Verdes y Parques del Río, el primero alrededor de las principales avenidas automotrices, entre ellas la Oriental, y el segundo en torno al corredor urbano estructurante que es el río Medellín, hablan de una ciudad capaz de crecer en términos cuantitativos y cualitativos: en gente, área construida y vías, pero también en espacios para ser vivida, concurrida y apropiada por su gente.

Pasar en los últimos 20 años de 2 millones de habitantes a casi 3 millones, sumados al flujo total del área metropolitana de unos 4,2 millones de habitantes, implicaba e implica un reto mayúsculo en cualificación de los espacios y las dinámicas públicas urbanas.

Años atrás se desarrollaron plazas y amoblamientos que derramaban cemento y que no expandían la masa arbórea descontaminante ni la de arbustos, especies ornamentales y prados que enriquecieran la experiencia visual. Sobraron materiales duros y áridos y faltaron intervenciones que ablandaran y alimentaran una experiencia fresca, apacible.

La siembra de especies nativas de árboles, de palmas, de flores y jardines ornamentales cambió y enriqueció visualmente algunas de las doblecalzadas más emblemáticas: la Avenida El Poblado, la Guayabal y la Industriales-Vegas, lo cual además abrió paso para la avifauna e incluso ardillas e insectos. Esa expresión de frescura y naturaleza trajo calidad de vida.

Se trata de una amortiguación ambiental indispensable, para mitigar los efectos del cambio climático, del crecimiento del parque automotor y del auge constructivo inevitable en una Medellín que cada vez gana más adeptos: nuevos residentes y turistas, además de otras migraciones forzadas por la búsqueda de oportunidades económicas.

La ampliación del corredor vial del río, con soluciones de desnivel (deprimidos), pero también con un amoblamiento para la recreación y el disfrute de una zona privilegiada a orillas del principal afluente del Valle de Aburrá, que se extiende paralela al Metro y al Centro Administrativo La Alpujarra, el Cerro Nutibara y algunos barrios de la margen occidental, también expande el metraje del espacio público, con aumento de zonas verdes y senderos peatonales.

Es un patrimonio que gana Medellín en los últimos cinco años, pero que merece el cuidado y mantenimiento adecuados para evitar su depresión: vigilancia con cámaras y con pie de fuerza policial, para que la inseguridad no impida el disfrute de esos espacios y para que el vandalismo no termine por depreciar lugares que pueden ganar apropiación y significación ciudadanas.

Medellín está poniendo el paso entre las grandes capitales del país en materia de desarrollo urbano sostenible, con mayor sensibilidad medioambiental, eso lo reconoce el mundo con estos premios.

El compromiso no solo debe ser de sus gobernantes en seguir desarrollando un nicho para la habitación amable, integradora y de mejor salud. A los ciudadanos y demás fuerzas sociales y económicas les queda el reto de cuidar y defender este legado.

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